EL ANOCHECER
27
El sol se ocultó lentamente. La alegría cesaba en la ciudad a medida que el astro rey desaparecía.
Juana salió de su trabajo más tarde que de costumbre. La calle estaba desierta. Caminaba presurosa, mirando de vez en cuando a su alrededor y escuchando el silencio que la rodeaba.
Desde hacía veinte días, la noche encubría el asesinato de una mujer. Los esfuerzos de la policía por encontrar al autor de tan largo rosario de víctimas, habían fracasado. La ciudad, con la caída del sol, veía desaparecer a su moradores temerosos de ser dianas de un nuevo crimen.
Juana, andaba presurosa atravesando callejones y más callejones para llegar a su casa.
El silencio se rompió a sus espaldas. Aceleró el paso. Quizá era su imaginación. No. Ahora estaba segura. Eran pasos. La perseguían. Volvió la cabeza pero no vio nada. Aprisa. Más aprisa. Nuevamente volvió la cabeza y emprezó a correr. Ahora sí había visto algo. Era un hombre, con un sombreso de copa, un bastón y una capa negra que cubría sus hombros.
Un grito involuntario creció y murió en su garganta. Corría, corría. El perseguidor también lo hizo.
Juana tropezó y se fué al suelo. El llegó, se inclinó sobre ella y le dió un abrazo mortal.
Cuando la luna brilló en el cielo, se ofreció a su vista, flotando sobre las frías aguas del Sena, el cuerpo desnudo de una joven y bella mujer que nunca llegó a ser identificada. Su cabeza, sus manos, nunca se encontraron.
La caida del sol y la salida del astro de la noche, habían sido cómplices de un nuevo asesinato.
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