No hace mucho tiempo, estaba de vacaciones en mi pueblo natal, un pueblecito de Andalucía. Una tarde, encontrándome reunido con mis amigos, tuve la brillante o desgraciada idea de hacer una excursión. Todos aceptaron de inmediato pero, cuando expuse mi plan de ir a la cueva de Peñalta, todos retrocedieron. Sólo mi hermano y yo llevamos la idea a la práctica.
Diré que esta cueva, Peñalta, tiene en toda la comarca fama de estar encantada y demás cosas fantánticas que yo nunca creí.
Planeamos salir a las 4 de la madrugada del día siguiente.Tal era nuestro entusiasmo que apenas pudimos dormir aquella noche. A la hora previata nos dirigimos a la ansiada meta.
La cueva está situada en la cima de un monte y a las 8 de la mañana llegamos a su ladera. Emprendimos la subida, cosa nada fácil pues no tiene ningun camino apropiado para ello. Alí encontramos a un amigo que se unió al grupo.
La cima del monte estaba cubierta por una espesa niebla.
Tras miles penas, conseguimos llegar a la mitad de la ascensión. Eran las 3 de la tarde. Después de comer renaudamos el camino y a las 7 llegamos a nuesro objetivo: la entrada de la cueva.
La niebla no haía desaparecido. Encendimos las linternas y pasamos al interior. Algunas zarzas obstruían nuestro paso, asà como otros tantos murciélagos que revelotearon sobre nuestras cabezas.
La cueva estaba muy oscura. Caminábamos unidos, en fila. Recorrimos un centernar de pasos y de pronto se escuché un grito desgarrador; mi hermano, que caminaba el primero, había caído en una sima que se abría ante nosotros. Angustiados le llamamos y, por fín contestó. Haía caído sore un montón de arena y no tenía ninguna lensión importante.
Nos invitó a que nos uniéramos a él y a duras penas lo conseguimos. Ya los tres abajo, torcimos por un estrecho pasadizo y, de repente, la luz del atardecer nos deslumbró. Nos encontrábamos ante un río muy caudaloso. Atravesándole había un madero ya carcomido por el tiempo y en el otro extremo una puerta de madera, entreabierta.
Nuestra curiosidad hizo que nos arriesgáramos a pasar al otro lado. Lo intertó primero nuestro amigo Alfonso.
Guardando el equilibrio, comenzó a andar sobre el madero. Un crujido, un grito de horror. El madero había cedido bajo su peso y Alfonso era arrastrado por la corriente.
La noche nos envolvió de repente. La batería de nuestras linternas se agotó Caminábamos aa tientas. Perdimos la noción del tiempo.
Sumidos en la desesperación nos dejamos caer al suelo y esperamos la llegada de la muerte. De repente, oímos en la lejanía voces que nos llamaban. Nos aventuramos nuevamente, como autómatas, por el pasadizo y vimos, sobre nuestras cabezas, al llegar el final de él, el resto de nuestros camaradas que, venciendo sus temores, habían salido a buscarnos.
La primera pregunta que brotó de nuestros labios al ser liberados de nuestro cautiverio fué:
- ¿Y Alfonso?
Alfonso había aparecido ahogado en una fuente que brota al pie de la montaña en que estábamos. Nosotros ya sabíamos de dónde procedíaa el agua de esa fuente.
Han pasado ya dos años y me prometo a mi mismo que, si veo cumplido mi deseo de ser Arqueólogo, lo primero que haré será tratar de cruzar el río subterráneo y ver lo que hay al otro lado de la puerta.
Para concluir debo añadir que, la estancia de los musulmanes en estas tierrras fué muy larga y por todos es conocido que, durante la Reconquista dejaban escondidos tesoros cuando eran expulsdos que luego recuperaban al volver.
Quien sabe…
F.H.